Exhibición de ukiyo-e en La Habana

Como comenté en el blog Los apetitos de la buza, el pasado mes de abril se inauguró en el Museo de Bellas Artes de La Habana una exhibición temática de ukiyo-e con tema de estampas de guerreros, a partir del acervo de esta institución. Para esa ocasión se publicó un pequeño catálogo, donde aparece un artículo introductorio a esta temática en la estampa japonesa. Ya que fue una publicación de poca disponibilidad, aprovecho este espacio para colocar el referido texto.

Texto para el catálogo de la Expo de Ukiyo-e

Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana

Abril, 2014

 

La estampa japonesa: Imágenes y legado de un mundo que Hasekura no alcanzó ver

El 10 de junio de 1614, hace ya casi 400 años, el buque San José, de la flota de Don Antonio de Oquendo, zarpó de las costas de Veracruz rumbo a Sevilla, planeando una breve escala en el puerto de La Habana. Este buque, y la misión y personas que transportaba, marca no sólo parte fundamental de los comienzos en tierras americanas de los contactos directos con emisarios oficiales de Japón, sino que además, da continuidad a una serie de intercambios de producciones culturales[1] que, con el tiempo, se han convertido en importantes legados de los acervos de numerosas colecciones de América Latina y el mundo. El samurái líder de esa misión, Hasekura Tsunenaga[2], que caminó por estas tierras hace cuatro siglos, muere en 1622 sin llegar a ver nunca un ukiyo-e, uno de los más exitosos logros de la cultura popular-urbana nipona; cultura que, precisamente, estaba configurándose durante esos primeros años del siglo XVII cuando vivió los últimos días de su vida.

La estampa japonesa o ukiyo-e, nace justo muy poco tiempo después, hacia las décadas de 1660 y 1670, impulsada por una serie de cambios económicos, culturales, sociales y políticos, que estaban aconteciendo en el país, y que impactaron de maneras particulares en los núcleos urbanos, viejos y nuevos, de un Japón en proceso de estabilización y centralización políticas después de más de cien años de guerras intestinas.

1603, es ese año que marca el comienzo de la llamada Pax Tokugawa, momento en que el recién vencedor de la campaña militar por el control del país, Tokugawa Ieyasu, es nombrado shogun y se gestan muchas de las políticas que caracterizan a este periodo de la historia de Japón[3]. En este sentido, y por cuenta de las lógicas limitaciones de espacio y tema que un texto corto para catálogo implican, permítaseme sólo presentar brevemente algunas de las que considero vitales para comprender el origen del ukiyo-e.

Es lógico suponer que un proyecto político como el Tokugawa, que nace como resultado de largos años de guerra y de voluntades individuales de poder, se concentrara en lograr un balance que le permitiera perpetuarse y mantener alejados a los samuráis de su propia condición como guerreros. Comienza entonces un proceso paulatino de “domesticación” del samurái[4], y que implicó el desarme de la población[5], la separación de los guerreros del campo[6] y su reconcentración en zonas urbanas –donde la ciudad de Edo[7], nuevo centro político, tendría lugar especial–, la implementación del sistema de residencia alternada[8] –que también contribuye con el crecimiento demográfico de Edo–, y la necesidad resultante para los samuráis de todo rango de vivir de sus estipendios oficiales, convertirse en burócratas, o buscar otro medio para sustentarse ya fuera en el campo o en las ciudades[9], entre otras tantas medidas.

Este énfasis en la vida urbana, así como el boom demográfico samurái acelerado y artificial, provoca a la vez otro éxodo humano de campesinos, artesanos, comerciantes, y emprendedores de todo tipo buscando oportunidades de vida, que afectó el balance socio-cultural y económico citadino, y que fue configurando un tipo de urbe muy parecida quizás a las ciudades modernas. Circuitos de consumo plagados de tiendas y servicios, productos comerciales disímiles, restaurantes, bares; recintos de entretenimiento como zonas de teatros, barrios de prostitución, lugares de atracciones y espectáculos populares; prácticas y productos culturales nuevos y atractivos, muchos de ellos basados en una floreciente industria editorial que inundaba el mercado de literatura de todo tipo y para todo público, guías, carteles, almanaques e imágenes impresas, todos ellos representando justo esa nueva ciudad, su vida, sus personajes, sus aspiraciones, ansiedades y carencias.

Son precisamente esos espacios “otros”, de disfrute esporádico, y hasta cierto punto mundanos y frívolos, el caldo de cultivo para la literatura y las imágenes impresas que la cultura popular urbana cristalizó en la idea de ukiyo, ese “mundo flotante”, el mundo no “real”, no cotidiano y por ende efímero, del consumo y del disfrute. Un deleite realizado más en el plano virtual que en el físico por la mayoría de sus consumidores, y que suministraba abundantemente y a precios diversos la industria editorial de entonces[10].

El Ukiyo-e, también llamado hoy día estampa japonesa, y que se traduce como imágenes del mundo flotante, surge originalmente en la década de 1660 como una práctica pictórica que representaba al mundo hedonista, y sus actores, que comentábamos en el párrafo anterior. Es en la siguiente década, por cuenta del éxito comercial que tuvieron esas pinturas, que se buscan alternativas económicas de reproducción en serie, facilidades que brindaba la técnica xilográfica y que aprovecharon los múltiples negocios editoriales que comenzaban a pulular en las ciudades de Kioto, Osaka y Edo. Si bien muy al principio se imprimieron imágenes como ilustraciones de historias publicadas por esas casas editoriales, poco a poco van apareciendo alternativas donde el espacio dedicado a la imagen se convierte en protagonista. Sin embargo, a pesar del volumen de producción que el ukiyo-e xilográfico mantuvo a lo largo del período[11], a partir de álbumes de imágenes, carteles, hojas independientes, dípticos o trípticos, entre otros, sus relaciones con la literatura y como ilustraciones de historias de libros, continuaron durante los casi 250 años de su existencia.

Es esa xilografía ukiyo-e la que podemos apreciar en esta exhibición especial del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana; es esa producción gráfica la que mayor volumen ocupa en los acervos de ukiyo-e de una buena parte de las colecciones del mundo, y la que causó admiración y fue fuente de inspiración para una buena parte de los artistas europeos de fines del siglo XIX y comienzos del XX.

Desde sus inicios las temáticas del ukiyo-e pusieron un énfasis sin precedentes en la representación de aquellos personajes protagónicos de la cultura popular citadina; de hecho, y a diferencia de las producciones visuales de épocas anteriores, es el ser humano el argumento por excelencia. Sus tres temas genésicos, los actores de teatro kabuki (yakusha-e), las mujeres bellas (bijin-ga), así como las estampas eróticas (shunga), no sólo resultarían ser altamente populares y demandados, sino que se continuarían produciendo hasta principios del siglo XX[12], cuando ya competían con otras temáticas, y la fotografía iba imponiéndose como medio para la reproducción de imágenes, culminando con el languidecimiento y desaparición de la estampa popular ukiyo-e.

En la medida en que fue complejizándose la técnica y diversificándose el mercado, se añadirán una serie de nuevas temáticas que se popularizan sobre todo hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX. Entre las más representativas de esta última etapa podemos citar, los paisajes (fūkei-ga), las imágenes de flores y pájaros (kachō-ga), los luchadores de sumō (sumō-e), y las así llamadas “estampas de guerreros” (musha-e), que es en la que me gustaría extenderme con más detalle puesto que es el tema central de esta exhibición especial, excelente iniciativa para conmemorar el 400 aniversario del arribo al puerto de La Habana del samurái Hasekura Tsunenaga y la embajada Keichō, y notable pretexto para exponer públicamente parte de un acervo poco conocido del Museo.

Las estampas de guerreros (musha-e) comienzan a aparecer de manera esporádica hacia la segunda mitad del siglo XVIII, cuando ilustradores de la escuela Katsukawa –famosa por esos años–, así como Isoda Koryūsai[13], y otros, deciden incorporar a su producción la representación de personajes samuráis que la literatura popular del momento estaba poniendo de moda. A pesar de que muchas de las novelas épicas de la literatura japonesa de épocas anteriores eran relativamente conocidas por el público[14], son las versiones populares de éstas las que, junto con otras novelas de aventuras nuevas[15], inundan el mercado de estos años a través de tipologías de libros conocidos como yomihon y gōkan[16]. Muchos de esos samuráis, estaban basados en personajes históricos, mientras otros eran recreaciones de la literatura. En este sentido, las historias y seres fantásticos que alimentan a muchas de esas novelas se convierten en temas que la temática de guerreros vuelca a la producción de xilografías ukiyo-e, propiciando una revitalización de la industria editorial no sólo en cuanto a su oferta, sino también en sus ganancias por venta.

Es en el año 1827 que el hoy famoso ilustrador de ukiyo-e Utagawa Kuniyoshi[17] lanza la temática al estrellato con sus diseños para una serie de estampas que se basaba en la célebre traducción y adaptación japonesa que el escritor Kyokutei Bakin hiciera, en 1805, de la novela de aventuras china Epopeya de los márgenes del agua (chn. Shuihuzhuan; jpn. Suikoden)[18]. Kuniyoshi, quien se encontraba tratando de hallar la clave del éxito, recibe la tarea de llevar la historia al ukiyo-e, realizando una serie de estampas policromas titulada Los 108 populares héroes de “La Epopeya de los Márgenes del Agua”, individualizados (Tsūzoku Suikoden gōketsu hyakuhachi-nin no hitori), donde recreó a los legendarios personajes dedicándole una estampa a cada uno de los bandidos. Tal fue la popularidad de la serie que de la noche a la mañana lanzó a la fama a Kuniyoshi, quien difícilmente podía vivir por cuenta de su trabajo como ilustrador, fama que aprovechó al máximo, realizando a lo largo de su vida varias versiones de la historia, tanto en forma de estampas sueltas, como de ilustraciones, y de adaptaciones eróticas.

Uno de los núcleos que compone esta exhibición presentada por el Museo Nacional de Bellas Artes, es el de estampas musha-e (con temática de guerreros) que acabamos de comentar líneas arriba. Algunos de los ukiyo-e incluyen escenas de la vida del clan Tokugawa (que gobernó el país durante todo el período), y otras ilustran pasajes o adaptaciones libres provenientes de la literatura popular de entonces, como los cuentos de Crónicas de la gran pacificación (Taiheiki), donde se narran los conflictos entre las cortes del norte y del sur de Japón en el siglo XIV, o también de la bien conocida y reproducida historia de la venganza de los cuarenta y siete samuráis (Chūshingura)[19] que tantas versiones aportó a la literatura, el teatro y la producción visual del período Edo.

El segundo grupo que compone la exhibición, es el de estampas de actores del teatro kabuki representando a personajes samuráis. El peso de la literatura popular llegó a ser tan fuerte en esos años, que el teatro kabuki fue igualmente un espacio donde las historias de aventuras, los guerreros famosos, los fantasmas y los seres sobrenaturales se tornaron en atractivos particularmente esperados por el público de las principales ciudades. Como podemos ver en la muestra, la xilografía ukiyo-e registró muchas interpretaciones de actores de kabuki en los teatros de Edo y Osaka, que personificaban a esos héroes. Estas estampas fueron muy demandadas entonces por la gente, quienes ávidamente compraban las imágenes de sus actores favoritos y las coleccionaban, o bien las pegaban en las paredes como si fueran posters (de formas muy parecidas a como se sigue haciendo hoy día).

No obstante la cantidad de representaciones de guerreros en la estampa japonesa, así como sus historias en la literatura popular de entonces, no hay prácticamente mención en ellas del acontecimiento que celebramos con esta muestra, así como tampoco imágenes de Hasekura o de su señor, Date Masamune[20], quién financió la misión a Roma. Las razones para esto radicaron en las leyes de censura sobre la producción editorial que el gobierno de Edo implementó a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX, y que prohibían cualquier representación explícita de miembros del clan Tokugawa[21], así como de samuráis importantes. Por otro lado, es significativo señalar que el cristianismo (así como su mención) fue proscrito en Japón desde el año 1632 por ser considerado en ese momento como amenaza a la seguridad y estabilidad del gobierno samurái Tokugawa, recién creado, por lo que es lógico imaginar que tanto Hasekura como su travesía fueron temas no muy bienvenidos por las autoridades de entonces.

Aún así, la ruta abierta por esa primera embajada japonesa no sólo es un pilar importante en los contactos históricos entre América Latina y Japón, sino que abre un camino de intercambios culturales gracias al que se fueron configurando en nuestro continente varias colecciones de ukiyo-e[22], y de las que hoy día podemos apreciar en La Habana un pequeño legado custodiado por el Museo Nacional de Bellas Artes.


 

[1] Biombos, abanicos, sedas, cerámicas y lacas, entre otras tantas, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. También pinturas, esculturas y, sobre todo, xilografías ukiyo-e, durante los siglos XIX y XX.

[2] Este texto mantiene el orden japonés para los nombres propios: apellido-nombre.

[3] El período Tokugawa o Edo, abarca los años de 1603 a 1867.

[4] Como lo nombra Eiko Ikegami en su libro, The taming of the samurai: Honorific individualism and the making of modern Japan. Harvard University Press, New Haven, 1997.

[5] Se prohíbe la tenencia de armas a toda la población no samurái, y a estos últimos se les restringe, permitiéndoseles portar sólo una espada larga y otra corta.

[6] Intentando así eliminar todo vínculo con sus zonas de influencia y con una base social que podía teóricamente ser reclutada como soldados.

[7] El pequeño pueblo de pescadores de Edo (al noreste del país) se convierte ahora en el nuevo centro político nacional, y, a lo largo del período, en el centro cultural más importante y ciudad más dinámica de Japón. Edo es lo que hoy día conocemos como Tokio.

[8] El sistema de residencia alternada, implementado en 1635, dictaba que los grandes señores de provincia (daimyō), debían visitar la ciudad de Edo una vez al año y residir allí unos meses. Durante el tiempo en que ellos no se encontraran físicamente en la ciudad, sus familiares debían quedarse en ella como rehenes del shogun. De esta manera se intentaba controlar la “lealtad” del señor para con el shogun, así como mermar las capacidades económicas del daimyō por cuenta de las grandes sumas de dinero que debía gastar manteniendo una residencia fija en su ciudad de origen y otra en Edo, y el derroche que implicaba una procesión a todo lujo y con buena parte de sus samuráis desde su territorio hasta la capital política del país.

[9] Forzados por la pérdida de sus estipendios, la bancarrota, o buscando alternativas de vida más atractivas, muchos samuráis se ven obligados con el tiempo a retornar al campo y dedicarse a la agricultura, convertirse en funcionarios públicos, contadores, maestros de caligrafía, escritores, artistas, o comerciantes.

[10] Se conoce que sólo en la ciudad de Edo, por ejemplo, existían  656 casas editoriales comerciales en el año 1808, y cerca de 800 librerías de préstamo en la década de 1830.

[11] Es precisamente la xilografía ukiyo-e, sobre todo aquellas imágenes impresas en hojas independientes, lo que más conocemos hoy día bajo ese nombre, y no tanto así los casos de otras tipologías y formatos impresos, o a la producción pictórica de la misma temática que también continuó realizándose a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX, eso sí, en mucha menor escala.

[12] A pesar de que hubo varios intentos de censura sobre estos tres temas desde fines del siglo XVIII y principios del XIX.

[13] Isoda Koryūsai, fue un artista del ukiyo-e de origen samurái que vivió de 1735 a 1790.

[14] Algunas de estas novelas épicas de períodos anteriores son Los cuentos de Heike (Heike monogatari, siglo XIV), Ascenso y caída de los Minamoto y los Taira (Genpei seisuiki, siglo XVII), e Historias de la gran pacificación (Taiheiki, siglo XIV), entre muchas otras.

[15] Como las de los escritores Kyokutei Bakin (1767-1848) o Ueda Akinari (1734-1809), por ejemplo.

[16] Los yomihon, eran un tipo de libro que se especializaba en novelas de aventuras, y que además incluían ilustraciones. Los gōkan, por su parte, también eran novelas ilustradas pero que se publicaban por entrega, y que no trataban exclusivamente historias de aventuras.

[17] Utagawa Kuniyoshi (1797-1861).

[18] La novela, que narra las andanzas del bandido Song Jiang y sus 108 forajidos de las Montañas Liang, es uno de los clásicos de la literatura china y fue un éxito total en Japón, donde además de la traducción aparecieron diferentes versiones, una de ellas escrita entre 1825-26 por el propio Bakin e ilustrada por Utagawa Toyokuni, que fue un boom editorial por entonces.

[19] El legado de los leales vasallos, escrito en kana (Kanadehon Chūshingura, 1748). Basada en el incidente de Akō de 1703, donde 47 samuráis deciden vengar la muerte de su señor, cometiendo posteriormente seppuku (suicidio ritual) en grupo, esta historia fue inmediatamente adoptada como tema por las más variadas manifestaciones de la cultura popular del momento.

[20] Date Masamune, sólo aparece muy ocasionalmente en algunas estampas tardías que muestran el sitio de Osaka, en 1614, donde participó.

[21] Estas prohibiciones se eliminaron al fin del shogunato Tokugawa en 1867, y muchos ukiyo-e realizados después de esta fecha recuperaron esta iconografía.

[22] Son realmente pocas las colecciones de estampa japonesa en América Latina. De las que tenemos conocimiento están la del Museo de Arte Carrillo Gil y la de la Biblioteca Nacional, ambas en la Ciudad de México, la del Museo de Arte Oriental en Buenos Aires, la de la Biblioteca Central de la Universidad de Chile, y la del Museo de Bellas Artes de La Habana.

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